Tras la victoria, las mujeres cantaban: «Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles». «Y desde aquel día Saúl no miró con buenos ojos a David». Los celos se convirtieron en odio: le arrojó la lanza dos veces, lo envió a misiones peligrosas y por fin lo persiguió abiertamente.
Jonatán, el heredero al trono, hizo pacto con David «porque lo amaba como a sí mismo», y arriesgó su posición para salvarlo. David huyó a Nob, a Gat, a la cueva de Adulam, donde se le unieron cuatrocientos hombres en apuros.
En En-gadi, Saúl entró a una cueva donde David se escondía. Sus hombres le dijeron que era su oportunidad, pero David solo cortó la orilla del manto y luego le remordió la conciencia: «Jehová me guarde de extender mi mano contra el ungido de Jehová».
Desde fuera le mostró el trozo de manto. Saúl lloró: «Más justo eres tú que yo». David tenía el poder de tomar el trono; escogió esperar a que Dios se lo diera.
«No paguéis a nadie mal por mal.»
Los celos amargan el corazón. David nos enseña a esperar el tiempo de Dios y a tratar bien incluso a quien nos trata mal.