Los libros de Reyes evalúan a cada monarca con una frase: «hizo lo recto ante los ojos de Jehová» o «hizo lo malo». En el reino del norte, los diecinueve reyes fueron malos; en Judá hubo algunos fieles.
Ezequías quitó los lugares altos, rompió las imágenes e incluso la serpiente de bronce que se había vuelto ídolo. Cuando Senaquerib de Asiria amenazó Jerusalén, extendió la carta del enemigo delante de Dios en el Templo y oró; el ángel de Jehová libró la ciudad.
Josías comenzó a reinar con ocho años. A los veintiséis, reparando el Templo, el sumo sacerdote halló el libro de la ley. Al oírlo, Josías rasgó sus vestidos: nadie sabía cuánto se habían apartado. Destruyó los altares idolátricos y celebró una Pascua como no se recordaba desde los jueces.
En cambio Acab, Manasés y otros llevaron al pueblo a la idolatría. La conclusión es constante: cuando los líderes buscan a Dios, la nación respira; cuando lo abandonan, se derrumba.
«Hizo lo recto ante los ojos de Jehová.»
Cada persona elige a quién sigue. Ezequías y Josías cambiaron la historia de su pueblo por decidir volver a Dios, aunque venían de familias que no lo hacían.