Durante doscientos años el reino del norte tuvo diecinueve reyes y ninguno «hizo lo recto». Siguieron los becerros de Jeroboam, adoraron a Baal y a Asera, e incluso pasaron a sus hijos por fuego.
Dios envió profetas como Elías, Eliseo, Amós y Oseas: «Volveos de vuestros malos caminos, y guardad mis mandamientos». El texto resume el problema: «endurecieron su cerviz, como la cerviz de sus padres, los cuales no creyeron en Jehová su Dios».
En el año 722 a.C., Salmanasar y luego Sargón de Asiria tomaron Samaria tras tres años de asedio y deportaron a la población a Halah, Habor y las ciudades de los medos. Asiria repobló la zona con extranjeros; de esa mezcla nacieron los samaritanos.
El capítulo 17 de 2 Reyes es una explicación teológica: la caída no fue mala suerte militar, fue el fruto de siglos de desprecio a la voz de Dios. Judá, en el sur, tenía dos siglos para aprender la lección... y no la aprendió del todo.
«No endurezcáis vuestro corazón.»
Dios avisa muchas veces antes de dejar que vengan las consecuencias. Escuchar a tiempo evita mucho dolor.