Jesús contó esta parábola desde una barca a una multitud que estaba en la orilla. Un sembrador esparce semilla y cae en cuatro terrenos.
Junto al camino, la tierra está pisada y dura: las aves se llevan la semilla. Jesús lo explica así: es quien oye la palabra y no la entiende, y el maligno la arrebata.
En pedregales hay poca tierra: la planta brota rápido pero, sin raíz, el sol la quema. Es quien recibe la palabra con alegría, pero cuando llega la dificultad, se rinde.
Entre espinos la semilla crece ahogada. Son «los afanes de este siglo y el engaño de las riquezas»: no la matan de golpe, la asfixian poco a poco.
En buena tierra da fruto a treinta, sesenta y ciento por uno. Lo curioso es que el sembrador siembra en todas partes, generosamente. La parábola no es un examen para clasificar a otros, sino un espejo: ¿qué clase de tierra soy hoy y qué necesito quitar?
«Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra.»
La palabra de Dios siempre es buena; lo que cambia es el corazón que la recibe. Podemos cuidar nuestra tierra.