Los doce profetas menores ocupan el final del Antiguo Testamento; en la Biblia hebrea forman un solo libro. Son breves, pero muy directos.
Oseas convirtió su matrimonio doloroso en una imagen del amor fiel de Dios ante la infidelidad del pueblo. Joel anunció el derramamiento del Espíritu «sobre toda carne», citado después en Pentecostés. Amós, un pastor de higos, denunció la injusticia social: «corra el juicio como las aguas». Abdías habló contra la soberbia de Edom.
Jonás huyó de su misión y descubrió que la misericordia de Dios alcanza incluso a Nínive. Miqueas resumió la religión verdadera en Miqueas 6:8 y anunció que el Mesías nacería en Belén. Nahúm proclamó la caída de esa misma Nínive. Habacuc discutió con Dios sobre la injusticia y concluyó: «aunque la higuera no florezca... yo me alegraré en Jehová».
Sofonías habló del día de Jehová y del Dios que «se gozará sobre ti con cánticos». Hageo animó a reconstruir el Templo tras el destierro. Zacarías llenó su libro de visiones mesiánicas: el Rey que entra «humilde, y cabalgando sobre un asno». Malaquías cerró el Antiguo Testamento denunciando ofrendas de segunda y anunciando al mensajero que prepararía el camino: cuatrocientos años de silencio hasta Juan el Bautista.
«Solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios.»
Un mensaje no necesita ser largo para ser importante. Estos doce profetas nos enseñan que Dios quiere corazones justos y humildes, no solo ceremonias.