Una multitud enorme seguía a Jesús porque veía las señales que hacía con los enfermos. Al ver a la gente, Jesús preguntó a Felipe dónde comprarían pan, «para probarle, porque él sabía lo que había de hacer».
Felipe hizo cuentas: «doscientos denarios de pan no bastarían». Andrés encontró otra cosa: «aquí está un muchacho, que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos; mas ¿qué es esto para tantos?». El pan de cebada era el más barato, comida de pobres.
Jesús mandó sentar a la gente sobre la hierba: unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. Tomó los panes, dio gracias y repartió; todos comieron «cuanto querían».
Al final ordenó recoger lo que sobraba «para que no se pierda nada»: doce cestas llenas, más de lo que había al principio. La gente quiso hacerle rey a la fuerza y Jesús se retiró solo al monte. Al día siguiente explicaría el sentido: «Yo soy el pan de vida».
«Aquí está un muchacho, que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos.»
Lo poco que ponemos en las manos de Jesús se multiplica. Nadie es demasiado pequeño para ayudar.