Los evangelios cuentan más de treinta milagros de Jesús, y dicen que hizo muchísimos más. Se pueden agrupar en cuatro tipos.
Sanidades: el leproso al que tocó cuando nadie lo tocaba, el paralítico bajado por el techo, el ciego Bartimeo, la mujer con hemorragias desde hacía doce años.
Milagros sobre la naturaleza: calmar la tempestad, caminar sobre el mar, multiplicar los panes, convertir el agua en vino.
Liberaciones: personas atormentadas que recuperaron su mente y su dignidad, como el endemoniado de Gadara.
Resurrecciones: el hijo de la viuda de Naín, la hija de Jairo y Lázaro.
Juan no los llama «milagros» sino «señales», porque apuntan a algo: muestran que Jesús tiene autoridad sobre la enfermedad, la naturaleza, el mal y la muerte. Casi siempre nacen de la compasión, y muchas veces Jesús pide que no lo cuenten: no buscaba fama, buscaba personas.
«Y recorría Jesús toda Galilea, enseñando... y sanando toda enfermedad.»
Los milagros de Jesús no eran espectáculo: eran señales de su amor y pistas de que el Reino de Dios había llegado.