Jacob tuvo hijos de Lea, de Raquel y de sus siervas Bilha y Zilpa. Los nombres cuentan una historia: Rubén («Dios ha visto mi aflicción»), Simeón («ha oído»), Leví («se unirá»), Judá («alabaré a Jehová»).
Después vinieron Dan, Neftalí, Gad, Aser, Isacar y Zabulón, y la hija Dina. Raquel, que había esperado mucho, tuvo a José y más tarde a Benjamín, en cuyo parto murió.
Dios cambió el nombre de Jacob por Israel, y sus doce hijos fueron el origen de las doce tribus. De Leví salieron los sacerdotes; de Judá, los reyes y, siglos después, Jesús.
Fue una familia con celos, rivalidades y errores, y aun así Dios la usó para bendecir a todas las naciones, cumpliendo la promesa hecha a Abraham.
«He aquí, herencia de Jehová son los hijos.»
Dios forma un pueblo a partir de una familia imperfecta. Nadie es demasiado pequeño ni demasiado imperfecto para el plan de Dios: cada hijo de Jacob se convirtió en una tribu con una historia propia.