Muerto Moisés, Dios habló a Josué: «Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo». Le mandó tres veces esforzarse y meditar en la ley «de día y de noche».
Josué envió espías a Jericó, a quienes Rahab escondió y ayudó a cambio de salvar a su familia con un cordón de grana.
Al cruzar el Jordán en época de crecida, los sacerdotes entraron con el arca y las aguas se detuvieron. Doce piedras quedaron como memorial para las generaciones futuras.
En Jericó, el ejército rodeó la ciudad en silencio seis días; al séptimo dieron siete vueltas, los sacerdotes tocaron las bocinas, el pueblo gritó y el muro cayó. La victoria no vino de la estrategia militar, sino de la obediencia a un plan que parecía absurdo.
«Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente.»
Dios prepara relevos: cuando un siervo termina, Él ya tiene a otro listo. La valentía no es no tener miedo, es obedecer confiando en la presencia de Dios.