Después de la última cena, Jesús oró en Getsemaní: «no se haga mi voluntad, sino la tuya». Judas lo entregó con un beso. Cuando Pedro sacó la espada, Jesús le detuvo: podía pedir doce legiones de ángeles, pero no lo hizo.
Fue juzgado de noche, sin garantías: primero ante el sanedrín, luego ante Pilato y Herodes. Pilato repitió tres veces «ningún delito hallo en él» y aun así cedió a la presión de la multitud. Lo azotaron, le pusieron una corona de espinas y se burlaron llamándole rey.
Cargó con la cruz hasta el Gólgota, donde fue crucificado entre dos ladrones. Desde allí dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen»; prometió el paraíso a uno de los ladrones; encomendó su madre a Juan; y finalmente exclamó: «Consumado es», entregando el espíritu.
El velo del templo se rasgó de arriba abajo: el camino a Dios quedaba abierto. José de Arimatea y Nicodemo lo sepultaron. Pero la historia no terminó allí: al tercer día resucitó, y por eso su entrega es la mejor noticia del mundo.
«Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo.»
La cruz no fue un accidente ni una derrota: fue amor decidido. Jesús dio su vida por nosotros porque quiso.