«Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones». Jeremías protestó: «¡Ah! ¡ah, Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño». Dios tocó su boca y le prometió: «no temas delante de ellos, porque contigo estoy para librarte».
Profetizó unos cuarenta años en los últimos días de Judá, anunciando que Babilonia vendría y que resistir era inútil. Lo llamaron traidor: fue azotado, puesto en el cepo, encarcelado y arrojado a una cisterna de lodo, de donde lo rescató el etíope Ebed-melec con cuerdas y trapos viejos.
Su dolor era genuino: «¡Oh, si mi cabeza se hiciese aguas, y mis ojos fuentes de lágrimas, para que llore día y noche los muertos de la hija de mi pueblo!». Escribió Lamentaciones tras la caída de Jerusalén, y allí mismo dejó una de las frases más luminosas de la Biblia: «nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad».
A los desterrados les escribió una carta: setenta años, y luego regreso; «pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis».
«Yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, pensamientos de paz.»
Ser fiel no siempre es popular. Jeremías sufrió y lloró, pero no dejó de amar a su pueblo ni de anunciar esperanza en medio del desastre.