Nahas el amonita sitió Jabes de Galaad y exigió una condición humillante. Los mensajeros recorrieron el país; cuando Saúl lo supo, «el Espíritu de Dios vino sobre Saúl con poder» y convocó a todas las tribus. Respondieron trescientos mil hombres de Israel y treinta mil de Judá.
La victoria fue completa. Algunos querían matar a los que antes despreciaron a Saúl, pero él respondió: «Ninguno morirá hoy, porque hoy Jehová ha dado salvación en Israel». Esa generosidad selló la unidad.
En Gilgal renovaron el reino con ofrendas de paz y gran alegría. Allí Samuel dio su discurso de despedida como juez: repasó la historia de Dios con su pueblo, pidió que le señalaran cualquier injusticia suya, y advirtió que un rey no sustituye la obediencia.
«Solamente temed a Jehová y servidle de verdad con todo vuestro corazón». Israel dejaba de ser doce grupos dispersos para ser una nación bajo Dios.
«He aquí cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía.»
La unidad se construye cuando dejamos de mirar solo lo nuestro. Israel fue fuerte cuando las tribus se ayudaron; nosotros también somos más fuertes juntos.