Elías llamó a Eliseo mientras araba con doce yuntas de bueyes; él quemó los aperos y siguió al profeta como servidor durante años.
El día final, Elías le dijo tres veces que se quedara: en Gilgal, Bet-el y Jericó. Eliseo respondió siempre: «vive Jehová... que no te dejaré». Al cruzar el Jordán abierto con el manto, Elías preguntó qué deseaba. «Una doble porción de tu espíritu», la parte del primogénito, es decir, el derecho de continuar su ministerio.
Un carro de fuego con caballos de fuego los separó y Elías subió en un torbellino. Eliseo gritó: «¡Padre mío, padre mío, carro de Israel!», recogió el manto y volvió a partir las aguas: «¿Dónde está Jehová, el Dios de Elías?».
Su ministerio registra el doble de milagros: sanó las aguas de Jericó con sal, multiplicó el aceite de una viuda endeudada, resucitó al hijo de la sunamita, purificó el potaje, alimentó a cien hombres, sanó a Naamán de lepra, hizo flotar un hacha y mostró a su siervo los ejércitos de fuego que los rodeaban.
«Te ruego que una doble porción de tu espíritu sea sobre mí.»
Eliseo no quiso fama, quiso más de Dios. Y no soltó a su maestro hasta el final. La constancia y el hambre espiritual abren puertas grandes.