Elías era un profeta valiente. Dijo que no llovería, y no llovió.
Dios lo cuidó junto a un arroyo: unos cuervos le llevaban pan y carne. Después, en casa de una viuda, la harina y el aceite nunca se acabaron.
En el monte Carmelo, Elías hizo un altar, lo mojó con agua y oró. ¡Bajó fuego del cielo!
Todos gritaron: «¡El Señor es Dios!». Y después volvió a llover.
«¡Jehová es el Dios! ¡Jehová es el Dios!»
Dios sostiene a los suyos de formas inesperadas y también cuida su cansancio. Después del gran milagro, a Elías le dio comida, descanso y un susurro.