Elías tisbita apareció ante el rey Acab: «no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra». Dios lo escondió junto al arroyo Querit, donde los cuervos le traían pan y carne mañana y tarde. Cuando el arroyo se secó, lo envió a Sarepta, a casa de una viuda pobre: la harina de la tinaja y el aceite de la vasija no se acabaron, y su hijo resucitó.
A los tres años vino el desafío del monte Carmelo contra cuatrocientos cincuenta profetas de Baal. Ellos clamaron y se hirieron todo el día sin respuesta. Elías reparó el altar de Jehová con doce piedras, empapó el sacrificio con agua y oró una oración breve. «Entonces cayó fuego de Jehová, y consumió el holocausto, la leña, las piedras y el polvo». El pueblo se postró: «¡Jehová es el Dios!». Después oró siete veces hasta ver una nubecilla, y llegó la lluvia.
Amenazado por Jezabel, huyó agotado y pidió morir. Dios no lo regañó: le dio comida, sueño y luego se le reveló en Horeb, no en el viento ni el terremoto, sino en «un silbo apacible y delicado».
«¡Jehová es el Dios! ¡Jehová es el Dios!»
Dios sostiene a los suyos de formas inesperadas y también cuida su cansancio. Después del gran milagro, a Elías le dio comida, descanso y un susurro.