En el monte Sinaí, Dios le dio a Moisés las instrucciones exactas para construir el Tabernáculo, una tienda sagrada donde la presencia divina habitaría.
El pueblo de Israel trajo ofrendas voluntarias con alegría: oro, plata, lino fino de colores azul, púrpura y carmesí.
El Tabernáculo tenía tres partes: el Atrio, el Lugar Santo y el Lugar Santísimo. En este último se encontraba el Arca del Pacto.
Cuando la obra se terminó, la gloria de Dios llenó el lugar en forma de nube. Cuando la nube se levantaba, el pueblo sabía que era momento de avanzar; cuando se detenía, acampaban.
«Y harán un santuario para mí, y habitaré entre ellos.»
A Dios le encanta estar cerca de nosotros. El Tabernáculo nos enseña que Dios es puro y santo, pero también amoroso, y que siempre busca una forma de caminar a nuestro lado todos los días.