Jesús presenta dos personajes opuestos. Uno viste púrpura y lino finísimo y «hacía cada día banquete con esplendidez». El otro, Lázaro (que significa «Dios ayuda»), está echado a su puerta, lleno de llagas, deseando las migajas. Es el único personaje de todas las parábolas que tiene nombre; el rico no lo tiene.
Ambos mueren. Lázaro es llevado «al seno de Abraham»; el rico se encuentra en tormento. Desde allí pide un poco de alivio y sigue tratando a Lázaro como un sirviente: «envía a Lázaro para que moje su dedo en agua». No ha cambiado.
Abraham responde que hay una gran sima entre ambos. Entonces el rico pide que envíen a alguien a avisar a sus cinco hermanos. Abraham contesta: «tienen a Moisés y a los profetas; óiganlos». Y añade una frase que apunta a la propia resurrección de Jesús: «ni aunque alguno se levantare de los muertos, se persuadirán».
El pecado del rico no fue ser rico: fue cruzar cada día por delante del sufrimiento sin verlo.
«Tienen a Moisés y a los profetas; óiganlos.»
Dios ve a quien nosotros no miramos. Lo que hacemos con los que sufren a nuestro lado importa de verdad.