Un hombre tenía dos hijos. El menor pidió su parte de la herencia, algo escandaloso: era como decirle a su padre «ojalá estuvieras muerto». El padre repartió los bienes y le dejó marchar.
En una provincia lejana lo malgastó todo. Llegó el hambre y acabó cuidando cerdos, animales impuros para un judío, deseando comer su comida. «Volviendo en sí», preparó un discurso: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; hazme como a uno de tus jornaleros».
Pero «cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió». Un hombre mayor corriendo era indigno en aquella cultura; el padre corrió igual, y lo besó antes de dejarle terminar la frase. Mandó traer el mejor vestido, un anillo (autoridad de hijo), calzado (no de esclavo) y el becerro gordo.
La parábola no acaba ahí. El hermano mayor se enfada y no quiere entrar. Había estado en casa, pero con corazón de empleado. El padre también sale a buscarle a él y le suplica que entre. Jesús deja el final abierto: ¿entrará?
«Era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido.»
Por muy lejos que vayamos, el Padre siempre está mirando el camino. Volver a casa siempre es posible.