Isaac ya era muy viejo y casi no veía.
Quiso bendecir a Esaú, su hijo mayor, y le pidió un guiso de caza. Rebeca lo escuchó y ayudó a Jacob a disfrazarse: le puso la ropa de Esaú y pieles de cabrito en los brazos para parecer peludo.
Jacob entró y dijo: «Papá, soy Esaú». Isaac lo tocó, se confundió y lo bendijo.
Cuando llegó Esaú de verdad, todos lloraron. Esaú se enfadó mucho y Jacob tuvo que irse lejos de casa.
«No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.»
La mentira parece un atajo, pero siempre trae problemas. Jacob consiguió la bendición engañando y perdió su casa durante veinte años. Dios cumple sus promesas sin necesidad de nuestras trampas.