Isaac, anciano y con la vista debilitada, llamó a Esaú: «Toma tu aljaba, caza para mí y comeré, para que te bendiga antes que muera».
Rebeca escuchó y preparó un plan. Cocinó dos cabritos con el sabor que Isaac amaba, vistió a Jacob con la ropa de Esaú y le cubrió las manos y el cuello con pieles.
Jacob mintió tres veces: dijo llamarse Esaú, dijo que había cazado rápido «porque el Señor lo puso delante» y se acercó a besar a su padre. Isaac dudó —«la voz es de Jacob, pero las manos son de Esaú»— y lo bendijo.
Cuando Esaú regresó, Isaac tembló y Esaú clamó con gran gemido. El odio creció y Rebeca envió a Jacob a Harán, a casa de su tío Labán. Jacob recibió la bendición prometida, pero pagó un precio alto: huir de su casa y no volver a ver a su madre.
«No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará.»
La mentira parece un atajo, pero siempre trae problemas. Jacob consiguió la bendición engañando y perdió su casa durante veinte años. Dios cumple sus promesas sin necesidad de nuestras trampas.