En el tercer año de Joacim, Nabucodonosor llevó a Babilonia a jóvenes de la nobleza de Judá «de buen parecer, enseñados en toda sabiduría», para servir en el palacio. El plan era integrarlos: tres años de estudio de la lengua y literatura caldea, comida de la mesa real, y nombres nuevos. Daniel pasó a llamarse Beltsasar; Ananías, Misael y Azarías fueron Sadrac, Mesac y Abed-nego.
La comida del rey estaba consagrada a los ídolos y no cumplía la ley. «Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey». No montó un escándalo: pidió con respeto al jefe de los eunucos, que temía perder la cabeza, y propuso una prueba de diez días con legumbres y agua.
Al final del plazo «el aspecto de ellos era mejor y más robusto». Dios les dio conocimiento e inteligencia en toda ciencia; a Daniel además entendimiento «en toda visión y sueños». Cuando el rey los examinó, «los halló diez veces mejores que todos los magos y astrólogos».
Daniel serviría en la corte más de setenta años, bajo distintos imperios, sin dejar de ser fiel.
«Daniel propuso en su corazón no contaminarse.»
Las decisiones se toman antes de la tentación, en el corazón. Daniel era joven, extranjero y sin poder, pero eligió agradar a Dios y Él lo honró.