El pueblo caminaba por el desierto y no sabía por dónde ir.
Entonces Dios puso delante una nube muy grande. De día la nube les daba sombra y les mostraba el camino.
De noche la nube se volvía una columna de fuego que daba luz y calor.
Cuando la nube se movía, el pueblo caminaba; cuando se paraba, montaban las tiendas. ¡Dios nunca los dejó solos!
«Nunca se apartó de delante del pueblo la columna de nube de día, ni de noche la columna de fuego.»
Dios no solo salva: acompaña. Guía cada paso y da descanso y calor cuando hace falta. Hoy nos guía con su Palabra y su Espíritu.