Al salir de Egipto, Dios no llevó a Israel por el camino corto de los filisteos, sino por el desierto del Mar Rojo, para prepararlos.
«Jehová iba delante de ellos de día en una columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en una columna de fuego para alumbrarles». En el desierto, la nube daba sombra del calor abrasador y el fuego daba luz y protección en la noche fría.
La columna marcaba el ritmo: cuando se alzaba, levantaban el campamento; cuando reposaba sobre el tabernáculo, acampaban, fueran dos días o un año.
En el Mar Rojo, esa misma columna se puso entre Egipto e Israel: oscuridad para unos, luz para otros. La presencia de Dios es guía, protección y descanso. Más tarde la gloria de Dios llenó el tabernáculo con esa misma nube.
«Nunca se apartó de delante del pueblo la columna de nube de día, ni de noche la columna de fuego.»
Dios no solo salva: acompaña. Guía cada paso y da descanso y calor cuando hace falta. Hoy nos guía con su Palabra y su Espíritu.