Nabucodonosor soñó algo que lo perturbó y exigió a sus sabios que le dijeran el sueño y su interpretación, bajo pena de muerte. Nadie podía. Daniel pidió tiempo, oró con sus amigos y «el secreto fue revelado a Daniel en visión de noche». Su primera reacción fue alabar: «suyos son el poder y la sabiduría».
El sueño era una gran imagen: cabeza de oro (Babilonia), pecho y brazos de plata, vientre de bronce, piernas de hierro y pies de hierro mezclado con barro. Una piedra cortada «no con mano» golpeó los pies, deshizo todo y se convirtió en un gran monte que llenó la tierra: el reino eterno de Dios.
Años después el rey soñó con un árbol enorme que era cortado. Daniel le advirtió que se humillara. Doce meses más tarde, paseando por su palacio, dijo: «¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué?». Perdió la razón, vivió como animal comiendo hierba durante siete tiempos.
Al final «alcé mis ojos al cielo, y mi razón me fue devuelta». Su testimonio cierra el capítulo: «él puede humillar a los que andan con soberbia».
«El Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido.»
Dios conoce el futuro y gobierna la historia. Los imperios pasan; su reino permanece. Y el orgullo, tarde o temprano, se cae solo.