Un ángel anunció a los padres de Sansón que su hijo sería nazareo desde el vientre: no bebería vino ni cortaría su cabello, y comenzaría a librar a Israel de los filisteos.
El Espíritu de Jehová venía sobre él con poder: despedazó un león, derrotó a mil hombres con una quijada de asno, arrancó las puertas de Gaza. Pero su vida personal fue un desastre de impulsos y malas decisiones.
Dalila, pagada por los filisteos, le insistió hasta que Sansón reveló su secreto. Le cortaron el cabello, y lo peor: «no sabía que Jehová ya se había apartado de él». Le sacaron los ojos y lo pusieron a moler en la cárcel.
Pero «el cabello comenzó a crecer». En la fiesta de Dagón, Sansón oró una última vez, empujó las columnas del templo y venció a más enemigos en su muerte que en su vida. Su historia es un aviso y también una muestra de la misericordia de Dios.
«Acuérdate ahora de mí, y fortaléceme, te ruego, solamente esta vez.»
La fuerza de Sansón no estaba en su pelo, sino en su relación con Dios. Los dones sin obediencia se pierden; pero Dios escucha al que se arrepiente, incluso al final.