Los hijos de Samuel no anduvieron en sus caminos, y los ancianos pidieron: «Constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones». A Samuel le desagradó, pero Dios le dijo: «no te han desechado a ti, sino a mí, para que no reine sobre ellos».
Samuel advirtió el precio de la monarquía: tomaría hijos para la guerra, tierras, cosechas y siervos. El pueblo insistió.
Saúl, de la tribu de Benjamín, «más alto que todo el pueblo de los hombros arriba», buscaba las asnas perdidas de su padre cuando llegó donde el vidente. Samuel lo ungió con aceite en privado: «Jehová te ha ungido por príncipe sobre su heredad».
Dios le dio «otro corazón» y profetizó entre los profetas. En Mizpa, echadas suertes, Saúl fue proclamado rey, aunque se había escondido entre el bagaje. Empezó con humildad, y esa es la parte que después perdería.
«Jehová no mira lo que mira el hombre.»
A veces pedimos cosas mirando a los demás en vez de mirar a Dios. Él sigue cuidándonos, pero lo mejor es dejar que Él sea nuestro Rey.