Después de rechazar a Saúl, Dios envió a Samuel a Belén con un cuerno de aceite: «de sus hijos me he provisto de rey».
Al ver a Eliab, alto y de buen parecer, Samuel pensó que era el ungido. Dios lo corrigió con una frase que cambia la manera de mirar a las personas: «no mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura... Jehová mira el corazón».
Pasaron siete hijos delante de Samuel y a ninguno escogió Jehová. «¿Son estos todos tus hijos?». Faltaba el menor, apacentando ovejas: nadie lo había considerado candidato, ni siquiera su padre.
Trajeron a David, «rubio, hermoso de ojos y de buen parecer», y Dios dijo: «Levántate y úngelo, porque este es». Samuel lo ungió delante de sus hermanos «y desde aquel día en adelante el Espíritu de Jehová vino sobre David». Pasarían años antes de reinar: la unción llega antes que el trono.
«El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.»
Dios no elige por altura, edad o popularidad. Mira el corazón. Nadie es «demasiado pequeño» para los planes de Dios.