Salomón subió al trono joven y se sintió pequeño: «yo soy joven, y no sé cómo entrar ni salir». En Gabaón, Dios se le apareció en sueños: «Pide lo que quieras que yo te dé». Pidió «un corazón entendido para juzgar a tu pueblo, y para discernir entre lo bueno y lo malo».
Dios respondió: «porque no pediste para ti muchos días, ni riquezas, ni la vida de tus enemigos», le dio sabiduría sin igual y además riquezas y gloria.
Su fama creció con el caso de las dos mujeres que reclamaban al mismo niño: al proponer partirlo en dos, la verdadera madre se descubrió por su compasión.
Salomón habló tres mil proverbios y mil cinco cánticos; la reina de Sabá viajó para escucharlo. Construyó el Templo en Jerusalén durante siete años y en su dedicación oró: «los cielos de los cielos no te pueden contener; ¿cuánto menos esta casa?». Su final, sin embargo, fue triste: los muchos matrimonios extranjeros desviaron su corazón.
«El principio de la sabiduría es el temor de Jehová.»
Lo que pedimos dice quiénes somos. Salomón pidió un corazón entendido para servir bien, y Dios se agradó. La sabiduría es más valiosa que el dinero.