Elcana tenía dos mujeres; Ana no tenía hijos y su rival la irritaba. Cada año subían a Silo. Allí Ana oró con amargura y prometió: «Si dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Jehová todos los días de su vida».
Elí, el sacerdote, la vio mover los labios sin voz y pensó que estaba ebria. Ella respondió: «he derramado mi alma delante de Jehová». Dios le concedió un hijo y lo llamó Samuel, «pedido a Dios».
Cuando lo destetó, lo llevó al santuario y cantó un cántico de alabanza que anticipa el de María. Samuel creció sirviendo a Jehová «vestido de un efod».
«La palabra de Jehová escaseaba en aquellos días». Una noche Dios llamó tres veces al niño; Elí comprendió y le enseñó a responder: «Habla, Jehová, porque tu siervo oye». Desde entonces todo Israel supo que Samuel era profeta fiel.
«Habla, Jehová, porque tu siervo oye.»
Dios escucha las oraciones sinceras, incluso las que se hacen llorando y sin palabras. Y busca corazones jóvenes dispuestos a decir: «habla, que te escucho».