Ana estaba muy triste porque no tenía hijos. Fue al templo y oró en silencio, moviendo solo los labios.
Dios escuchó su oración y le dio un bebé: Samuel.
Cuando Samuel creció un poco, Ana lo llevó al templo para que ayudara al sacerdote Elí.
Una noche, Samuel oyó una voz que lo llamaba. Era Dios. Samuel respondió: «Habla, que yo te escucho». Y Dios habló con él toda su vida.
«Habla, Jehová, porque tu siervo oye.»
Dios escucha las oraciones sinceras, incluso las que se hacen llorando y sin palabras. Y busca corazones jóvenes dispuestos a decir: «habla, que te escucho».