El pueblo hebreo creció tanto en Egipto que el faraón sintió miedo y ordenó echar al río a todo niño varón que naciera.
Una mujer de la tribu de Leví, Jocabed, tuvo un hijo hermoso y lo escondió tres meses. Cuando ya no pudo ocultarlo más, tomó una arquilla de juncos, la calafateó con asfalto y brea y la colocó entre los cañaverales del Nilo. Su hermana María se apostó a distancia para ver qué pasaría.
La hija de Faraón bajó a lavarse, vio la arquilla y se compadeció: «De los niños de los hebreos es éste». María se acercó y ofreció buscar una nodriza: trajo a la propia madre del bebé, que además cobró un salario por criarlo.
Lo llamó Moisés, «porque de las aguas lo saqué». Así el niño destinado a morir creció en el palacio del rey que quería matarlo, aprendiendo la sabiduría de Egipto y sin olvidar quién era su pueblo.
«Por la fe Moisés, cuando nació, fue escondido por sus padres... y no temieron el decreto del rey.»
Dios cuida de los más pequeños y tiene planes desde antes de que nazcamos. Cuando los padres de Moisés confiaron en Dios, Él convirtió una cesta en un barco de rescate.