Un mes después de salir de Egipto el pueblo murmuró: «Ojalá hubiéramos muerto en Egipto, donde comíamos pan hasta saciarnos».
Dios respondió con provisión: por la tarde llegaron codornices y por la mañana apareció el maná, «cosa menuda, redonda, como escarcha». Cada familia recogía un gomer por persona; el que recogía de más veía que se pudría, salvo el día antes del sábado, cuando se conservaba. Comieron maná cuarenta años.
En Refidim faltó el agua y el pueblo volvió a quejarse. Dios ordenó a Moisés golpear la peña de Horeb con la vara y brotó agua para toda la multitud. Pablo dice que aquella roca representaba a Cristo.
Dios también dio victoria contra Amalec mientras Aarón y Hur sostenían los brazos de Moisés. En el desierto no había recursos, pero había un Dios que provee, sana y pelea por los suyos.
«No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.»
Dios provee lo necesario, día a día. No siempre nos da almacenes llenos, pero nunca falta el pan de hoy. Confiar es recoger lo de cada mañana y dar gracias.