En el desierto no había supermercados y el pueblo tenía hambre.
Una mañana, el suelo amaneció lleno de unas bolitas blancas y dulces. «¿Qué es esto?», preguntaron. Lo llamaron maná, y era el pan que Dios les mandaba del cielo.
También llegaron muchas aves para comer.
Otro día tenían mucha sed. Moisés golpeó una roca con su vara y ¡salió agua! Dios los cuidó siempre.
«No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.»
Dios provee lo necesario, día a día. No siempre nos da almacenes llenos, pero nunca falta el pan de hoy. Confiar es recoger lo de cada mañana y dar gracias.