Desde Cades-barnea, Moisés envió a doce hombres, uno por tribu, a reconocer Canaán durante cuarenta días. Volvieron con higos, granadas y un racimo de uvas que colgaba de una vara entre dos hombres.
Su informe empezó bien: «Ciertamente fluye leche y miel». Pero diez añadieron un «pero»: ciudades fortificadas, hijos de Anac, gigantes. «Éramos nosotros a nuestros ojos como langostas».
Caleb hizo callar al pueblo: «Subamos luego y tomemos posesión de ella; porque más podremos nosotros que ellos». Josué se unió a él: «Si Jehová se agradare de nosotros, él nos llevará a esta tierra».
El pueblo lloró toda la noche y quiso volver a Egipto. La consecuencia fue dura: aquella generación vagó cuarenta años por el desierto, un año por cada día de exploración. Solo Josué y Caleb entraron en la tierra prometida.
«Esforzaos y cobrad ánimo... porque Jehová tu Dios estará contigo.»
Ante el mismo problema se puede mirar con miedo o con fe. Josué y Caleb no eran más fuertes: simplemente confiaban más en Dios. La fe cambia lo que vemos.