Antes de una decisión importante, Jesús pasó la noche entera orando en el monte. Al amanecer llamó a sus seguidores y de entre ellos escogió a doce, a los que llamó apóstoles, «enviados».
El grupo era muy variado: cuatro pescadores (Pedro, Andrés, Santiago y Juan), Mateo, que era publicano y cobraba impuestos para Roma, y Simón el zelote, que pertenecía al bando que odiaba a Roma. Estaban también Felipe, Bartolomé, Tomás, Santiago hijo de Alfeo, Tadeo y Judas Iscariote, el que después le traicionaría.
Ninguno era un experto religioso; ninguno era perfecto. Marcos explica el propósito en dos pasos y en este orden: «para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar». Primero la relación, después la misión.
El número doce no era casual: recordaba a las doce tribus de Israel. Jesús estaba formando un pueblo nuevo con gente común y a menudo torpe, que después cambiaría el mundo.
«Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar.»
Jesús elige personas normales y corrientes. Lo primero no es hacer cosas para Él, sino estar con Él.