Dios apartó a Aarón y a sus hijos para el sacerdocio. Sus vestiduras eran «para honra y hermosura»: el efod, el pectoral del juicio con doce piedras grabadas con los nombres de las tribus, el manto con campanillas y granadas, la mitra y una lámina de oro con la inscripción «Santidad a Jehová».
El sumo sacerdote entraba una vez al año en el Lugar Santísimo con sangre, por sus pecados y los del pueblo.
Coré, Datán y Abiram se rebelaron reclamando el sacerdocio y la tierra los tragó. Para acabar con las murmuraciones, Dios mandó poner doce varas, una por tribu, delante del arca. Al día siguiente la vara de Aarón había reverdecido, florecido y dado almendras.
Aquella vara se guardó como señal. El sacerdocio de Aarón anticipa a Jesús, nuestro Sumo Sacerdote perfecto, que entró una vez y para siempre con su propia sangre.
«Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio.»
Servir a Dios es un privilegio que Él concede, no algo que se toma por la fuerza. La vara seca que floreció nos recuerda que Dios da vida a lo que Él escoge.