Moisés y Aarón se presentaron ante el faraón con un mensaje de Dios: «Deja ir a mi pueblo». El rey respondió: «¿Quién es Jehová para que yo oiga su voz?».
Vinieron entonces diez plagas: las aguas convertidas en sangre, ranas, piojos, moscas, mortandad del ganado, úlceras, granizo, langostas, tinieblas y, por último, la muerte de los primogénitos. Cada plaga golpeaba a un dios de Egipto: el Nilo, el sol, la fertilidad. Era Dios mostrando que Él es el único Señor.
Desde la cuarta plaga, la tierra de Gosén, donde vivían los hebreos, quedó protegida. El faraón prometía y luego se retractaba: «endureció su corazón».
En la última noche cada familia sacrificó un cordero sin defecto y puso su sangre en los postes de la puerta. El ángel «pasó de largo» por esas casas: es la Pascua. Aquella noche Egipto lloró y el faraón dejó salir a Israel. Y salieron con oro, plata y ropa: el pueblo esclavo salió libre y bendecido.
«Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos.»
Dios escucha el clamor de los que sufren y no hay poder humano que pueda detenerlo. También aprendemos que endurecer el corazón nos hace daño a nosotros mismos.