Moisés le dijo al faraón: «Deja salir a mi pueblo». El faraón dijo que no.
Entonces Dios mandó señales: el agua del río se volvió roja, llegaron ranas por todas partes, mosquitos, moscas, se enfermaron los animales, salieron llagas, cayó granizo, vinieron langostas y todo se puso oscuro.
El faraón seguía diciendo que no. En la última noche, las familias hebreas pintaron sus puertas con la sangre de un cordero y Dios las protegió.
Por fin el faraón dijo: «¡Marchaos!». Y el pueblo salió libre.
«Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos.»
Dios escucha el clamor de los que sufren y no hay poder humano que pueda detenerlo. También aprendemos que endurecer el corazón nos hace daño a nosotros mismos.