Hace mucho tiempo, todas las personas del mundo hablaban el mismo idioma y usaban las mismas palabras.
Un día dijeron: «¡Hagamos ladrillos y construyamos una torre altísima que llegue hasta el cielo!». Querían presumir y ser los más famosos.
Pero Dios vio que esto no era bueno. Entonces, hizo que de repente hablaran idiomas diferentes. Ya nadie se entendía: uno pedía un ladrillo y el otro le traía agua.
Como no podían trabajar juntos, dejaron de construir la torre y se fueron a vivir a distintas partes del mundo.
«El orgullo solo produce pleitos, pero la sabiduría está con los humildes.»
A Dios no le gusta el orgullo ni que intentemos hacer las cosas sin él. La verdadera grandeza no está en hacernos famosos, sino en ser humildes, escuchar a Dios y amar a personas que hablan o piensan diferente a nosotros.