Dios envió a Jonás a predicar a Nínive, la capital enemiga. Jonás, en vez de obedecer, embarcó rumbo a Tarsis. Dios levantó una tempestad; los marineros echaron suertes y Jonás confesó que huía de Dios. Al arrojarlo al mar, la tormenta cesó y un gran pez lo tragó. Tres días y tres noches oró desde el vientre del pez, y Dios lo hizo salir a tierra. Jonás fue a Nínive y anunció el juicio; toda la ciudad, desde el rey hasta los niños, se arrepintió, y Dios tuvo misericordia. Jonás se enojó, y Dios le enseñó con una planta que su compasión alcanza a todos.
«Invoqué en mi angustia a Jehová, y él me oyó.»
Dios da segundas oportunidades. Su amor alcanza incluso a quienes creemos que no lo merecen.