Zaqueo vivía en Jericó y era jefe de publicanos: cobraba impuestos para Roma y se quedaba de más. Era rico y odiado por todos.
Cuando Jesús pasó por la ciudad, Zaqueo quiso verle, pero era bajo de estatura y la multitud se lo impedía. Corrió delante y se subió a un sicómoro, algo poco digno para un hombre de su posición.
Jesús se detuvo justo allí, miró hacia arriba y dijo: «Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa». Le llamó por su nombre. La gente murmuró: «ha entrado a posar con un hombre pecador».
El encuentro cambió a Zaqueo de inmediato: «la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado». La ley pedía devolver lo robado más un quinto; él ofreció cuatro veces. Jesús concluyó: «hoy ha venido la salvación a esta casa».
«El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.»
Jesús se fija en quien todos ignoran. Cuando alguien se encuentra con Él de verdad, su vida cambia por dentro y por fuera.