Nicodemo era fariseo y miembro del sanedrín, el consejo más importante de Israel. Fue a ver a Jesús de noche, quizá por miedo al qué dirán o buscando una conversación tranquila.
Empezó con un cumplido: «sabemos que has venido de Dios como maestro». Jesús no le siguió la conversación: «el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios». Nicodemo lo entendió literalmente: «¿puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre?».
Jesús habló entonces de nacer «de agua y del Espíritu»: un cambio que no se consigue estudiando ni cumpliendo reglas, sino recibiendo vida nueva de Dios. Y usó una imagen que Nicodemo conocía bien: como Moisés levantó la serpiente en el desierto y los que miraban vivían, así el Hijo del Hombre sería levantado.
Ahí aparece Juan 3:16, el resumen del evangelio. Nicodemo no responde en el relato, pero vuelve dos veces: defendió a Jesús ante el sanedrín y, tras la cruz, llevó especias para sepultarlo. Aquella noche dejó huella.
«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito.»
Nadie es demasiado bueno o demasiado sabio para necesitar a Jesús: todos necesitamos nacer de nuevo.