Lázaro, de Betania, estaba enfermo, y sus hermanas Marta y María mandaron aviso a Jesús. Él, sorprendentemente, se quedó dos días más donde estaba. Cuando llegó, Lázaro llevaba cuatro días en el sepulcro.
Marta salió a su encuentro: «Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto». Jesús le declaró: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá». Después llegó María y repitió la misma frase, llorando.
Entonces sucede algo enorme: «Jesús lloró», el versículo más corto de la Biblia. No lloró por desesperación, porque sabía lo que iba a hacer; lloró porque le dolía el dolor de sus amigos y la muerte misma.
Mandó quitar la piedra. Marta protestó: «hiede ya, porque es de cuatro días». Jesús oró en voz alta por los presentes y clamó a gran voz: «¡Lázaro, ven fuera!». Salió el muerto, atado de manos y pies. «Desatadle, y dejadle ir». Muchos creyeron; otros corrieron a denunciarlo, y a partir de ahí decidieron matar a Jesús.
«Yo soy la resurrección y la vida.»
Jesús llora con nosotros antes de secar nuestras lágrimas. Su poder llega incluso donde ya no queda esperanza.