Después de veinte años, Jacob regresaba a su tierra y supo que Esaú venía a su encuentro con cuatrocientos hombres. Tuvo mucho miedo. Envió regalos por delante, hizo pasar el vado de Jaboc a su familia y se quedó solo.
Entonces «luchó con él un varón hasta que rayaba el alba». Al ver que no podía con Jacob, tocó su muslo y lo descoyuntó. El varón dijo: «Déjame, porque raya el alba». Jacob respondió: «No te dejaré si no me bendices».
Le preguntó su nombre y le dijo: «No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres y has vencido».
Jacob llamó a aquel lugar Peniel: «Vi a Dios cara a cara y fue librada mi alma». Salió el sol y él cojeaba. Ese día dejó de ser el hombre que consigue las cosas con astucia y pasó a ser el que se apoya en Dios.
«No te dejaré, si no me bendices.»
Insistir en la oración no es molestar a Dios: es confiar en Él. Jacob salió de esa noche cojeando, pero con un nombre nuevo. A veces Dios nos cambia justo en los momentos difíciles.