Jacob volvía a su casa y tenía miedo de encontrarse con Esaú.
Esa noche se quedó solo junto a un río. De pronto vino un hombre muy fuerte y lucharon hasta que salió el sol.
Jacob no se rindió y dijo: «¡No te suelto hasta que me bendigas!».
El ángel lo bendijo y le puso un nombre nuevo: Israel. Jacob quedó cojo, pero muy feliz, porque había visto a Dios.
«No te dejaré, si no me bendices.»
Insistir en la oración no es molestar a Dios: es confiar en Él. Jacob salió de esa noche cojeando, pero con un nombre nuevo. A veces Dios nos cambia justo en los momentos difíciles.