Salomón dejó un reino próspero pero cargado de impuestos y trabajos forzados. Su hijo Roboam fue a Siquem para ser proclamado rey, y el pueblo, con Jeroboam al frente, pidió aliviar «el yugo duro» de su padre.
Roboam pidió tres días. Los ancianos que sirvieron a Salomón aconsejaron: «si tú fueres hoy siervo de este pueblo... ellos te servirán para siempre». Los jóvenes con quienes se había criado propusieron lo contrario. Roboam respondió: «Mi padre os castigó con azotes, mas yo os castigaré con escorpiones».
La reacción fue inmediata: «¿Qué parte tenemos nosotros con David?». Diez tribus siguieron a Jeroboam y formaron el reino del Norte (Israel), con capital finalmente en Samaria. Judá y Benjamín quedaron con Roboam en Jerusalén.
Jeroboam, temiendo que el pueblo volviera al Templo, levantó dos becerros de oro en Dan y Bet-el. Esa idolatría marcaría al norte hasta su caída.
«El consejo de Jehová permanecerá.»
Las palabras duras rompen; las palabras amables unen. Roboam despreció el buen consejo y perdió diez tribus. Escuchar bien es parte de gobernar bien.