En Gilgal, Saúl debía esperar siete días a Samuel. El ejército se dispersaba por el miedo y Saúl ofreció él mismo el holocausto. Samuel llegó y le dijo: «Locamente has hecho... tu reino no será duradero».
Después Dios ordenó destruir por completo a Amalec. Saúl perdonó al rey Agag y guardó lo mejor del ganado. Cuando Samuel llegó, Saúl saludó: «he cumplido la palabra de Jehová», mientras se oían balidos de ovejas.
Sus excusas fueron el reflejo de su corazón: «el pueblo tomó del botín... para ofrecer sacrificios a Jehová tu Dios». Samuel respondió con una de las frases clave de la Biblia: «¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos como en que se obedezca? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios».
Saúl acabó admitiendo: «he pecado... porque temí al pueblo». Su problema fue buscar la aprobación de la gente más que la de Dios, y ese día Dios rechazó su reinado.
«El obedecer es mejor que los sacrificios.»
Obedecer a medias es desobedecer. Y poner excusas nos aleja más que el propio error. Dios prefiere un corazón que reconoce su falta a un montón de ofrendas.