En una boda en Caná de Galilea ocurrió algo humillante para los anfitriones: se acabó el vino. En aquella cultura una boda duraba días y quedarse sin vino era una deshonra que se recordaría siempre.
María se lo dijo a Jesús. Él respondió: «aún no ha venido mi hora», pero María dijo a los sirvientes una frase magnífica: «Haced todo lo que os dijere».
Había allí seis tinajas de piedra para la purificación, de unos cien litros cada una. Jesús mandó llenarlas de agua hasta arriba y luego sacar y llevar al maestresala. Al probarlo, este llamó al novio: «todo hombre sirve primero el buen vino... mas tú has reservado el buen vino hasta ahora».
Juan lo llama «principio de señales». Los sirvientes sabían de dónde venía; los invitados no. Jesús no hizo un espectáculo: cuidó en silencio a una familia y manifestó su gloria a los suyos.
«Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea.»
Jesús se interesa por las cosas cotidianas y por la alegría de la gente. Y lo mejor que Él da siempre llega después.