Nabucodonosor levantó en el campo de Dura una estatua de oro de treinta metros y ordenó que al sonar la orquesta todos se postraran, so pena de ir a un horno de fuego ardiendo.
Algunos caldeos acusaron a los tres jóvenes judíos. El rey les dio una segunda oportunidad y añadió: «¿qué dios será aquel que os libre de mis manos?».
La respuesta es una de las cumbres de la fe bíblica: «He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos... Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua». Obedecerían aunque no hubiera rescate.
El rey mandó calentar el horno siete veces más; las llamas mataron a los soldados que los arrojaron. Luego se levantó atónito: «¿No echaron a tres varones atados? He aquí yo veo cuatro varones sueltos... y el aspecto del cuarto es semejante a hijo de los dioses».
Salieron sin que el fuego hubiera tocado sus cuerpos ni su ropa, sin olor a humo; solo se quemaron las ligaduras. Nabucodonosor bendijo al Dios «que envió su ángel y libró a sus siervos que confiaron en él».
«Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses.»
La fe verdadera no depende de que Dios nos libre: confía en Él pase lo que pase. Y aun en el fuego, Dios está con nosotros.