David era el menor de los hijos de Isaí, de Belén. Su tarea era apacentar unas pocas ovejas en el desierto, un trabajo humilde y solitario.
Allí desarrolló tres cosas: puntería con la honda, valor y adoración. Él mismo lo contó después: «cuando venía un león o un oso y tomaba algún cordero de la manada, salía yo tras él, y lo hería y lo libraba de su boca».
En esas horas compuso salmos. El más conocido nace de su oficio: «Jehová es mi pastor... en lugares de delicados pastos me hará descansar... aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno».
Su música tenía tal unción que fue llamado al palacio para calmar a Saúl cuando lo atormentaba un espíritu malo. Dios estaba entrenando en el anonimato al futuro rey: primero el carácter, después la corona.
«Jehová es mi pastor; nada me faltará.»
Lo que hacemos cuando nadie nos ve nos prepara para lo que vendrá. David fue fiel con las ovejas antes de ser fiel con un reino.